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Ernesto de la Peña, el placer de leer

El Discurso
Lunes, 10 de Septiembre de 2012

La dedicación que Ernesto de la Peña asumió con el conocimiento probablemente viene desde que tenía seis años. Foto:Octavio Nava       ver galería

La dedicación que Ernesto de la Peña asumió con el conocimiento probablemente viene desde que tenía seis años, cuando tuvo su primer acercamiento con el alfabeto griego debido a la instrucción que le dio un tío materno con el que se crió. Sin embargo, su saber de alrededor de 33 lenguas en realidad proviene de su amor a la literatura, a la cual ha retribuido este cariño nutriendo las letras mexicanas con sus poesías, narraciones, traducciones y ensayos.

Ernesto de la Peña, quien falleció la mañana de este lunes 10 de septiembre, fue uno de esos hombres cuya erudición es indiscutible.

El 14 de enero de 1993 fue elegido para ocupar la silla XI de la Academia Mexicana de la Lengua y fue galardonado con premios como el Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura en 2003; el Alfonso Reyes en 2008; el Premio Nacional de Comunicación “José Pagés Llergo” en 2009, por sus programas radiofónicos Al hilo del tiempo, Música para Dios y Testimonio y celebración, y recientemente el Premio Internacional Menéndez Pelayo.

Este último reconocimiento se otorga a personalidades destacadas en el ámbito de la creación literaria o científica cuya obra escrita presente una dimensión humanística capaz de evocar a la del erudito español Marcelino Menéndez Pelayo.

Al igual que Menéndez Pelayo, Ernesto de la Peña empezó desde muy joven a adquirir sus conocimientos sobre diversos idiomas. Algo fundamental en su educación fue el acercamiento a la biblioteca que le legó uno de sus tíos maternos.

“En la biblioteca había libros en muchas lenguas y empecé a estudiar. Primero estudié francés que es muy parecido al español escrito, hablado no, así seguí. Después estudié en Filosofía y Letras la carrera de letras clásicas y ahí estudié la lengua griega, latín y alemán, más tarde estudié hebreo, arameo… eso en lo que respecta a las lenguas. Mi dedicación a las lenguas no es por las lenguas mismas, aunque me interesan, sino porque cada una tiene distintas literaturas. Me gusta leer a los grandes autores en sus originales siempre que puedo”, comentó en entrevista realizada en junio pasado.

Sobre sus primeras lecturas recordó haberlas realizado por gusto, sumergido en los mundos creados por Emilio Salgari, Julio Verne y en especial aquellos que creó Alejandro Dumas padre. Soñaba con luchar las mismas batallas que el héroe de Los tres mosqueteros, D’Artagnan, o bien sumergirse en los paisajes presentados porEl conde de Montecristo, obra que calificó como “novela insuperable” por su estructura.

Otra de las pasiones que cultivó desde su infancia fue el escuchar música, sobre todo ópera. El autor de Las máquinas espirituales recordó en aquella entrevista los discos de 78 revoluciones en donde sólo cabían pequeñas escenas de las obras, pero que oía continuamente. “Sinfonías de Mozart, de Beethoven… me fui formando, nadie me obligaba, creo que por eso tengo todavía esa pasión, porque nunca lo vi como una obligación pesada, siempre como un placer que yo me daba y que fomentaba mi papá”.

Sobre la cultura el autor nacido en la Ciudad de México el 21 de noviembre de 1927 dijo: “Ayuda a vivir; le da, en la medida de lo imposible, cierto sentido a la vida. Aparte del concepto actual que se usa tanto en la televisión y en los medios masivos: es muy divertida. No encuentro nada más divertido que estar leyendo cosas que me interesen, sean de historia, literatura, geografía, sobre filosofía, qué sé yo… es más divertido que ver un programa tonto de televisión, por ejemplo. No digo que no vea televisión, veo mucha televisión y me mantiene en contacto con la actualidad, veo noticieros, alguna cosa así, pero no demasiado, soy muy dado a tener en DVD una serie de cosas, tengo muchas óperas en DVD, tengo series de televisión, tengo películas…”

Asimismo, consideraba al arte un catalizador. La escritura, de novela sobre todo, dijo, es una “fuga de la realidad maravillosa” y por ello “el artista añade al mundo cosas”. Además de que permite una “hermandad del hombre con el hombre”, ya que uno siempre toma la posición de los personajes. Por lo tanto, explicó, cuando se lee o se escribe una novela, uno se “centra en sí mismo”.

Ernesto de a Peña se mantenía optimista ante el futuro de la cultura en México: “Hay muchas promesas y muchas realidades”.

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